Fumarolas : 12 abril 2015, domingo, San David
Murcia, las ocho y lloviendo. Sigo leyendo el libro “Pensamientos”, de Pascal, que dicho sea de paso, debió de ser un fuera de serie: el mismo Descartes se resistía a creer que un niño de quince años hubiera escrito su “Tratado de las secciones cónicas”. Luego escribió otros libros científicos, filosóficos y teológicos. El excesivo trabajo fue minando su salud y murió sin haber cumplido los cuarenta años.
Leo en la página 118, Sección X, Colección Austral: “Al ver la obcecación y la miseria del hombre, al contemplarlo abandonado a sí mismo, como descarriado, en este rincón del Universo, sin saber quién le ha colocado en él, qué es lo que ha venido a hacer, lo que será de él cuando muera, incapaz de todo conocimiento, me espanto cómo un hombre a quien se hubiera transportado dormido a una isla desierta y se despertara sin saber dónde está y sin poder salir de allí. Y me admira cómo no se cae en la desesperación por un estado tan miserable…”.
Pascal pensó en una isla desierta para ubicar al hombre que quiere saber cómo vino al mundo, para qué y quién lo trajo. Yo pensé en una manzana que se viera suspendida en el aire y que le naciera un día un gusano que quisiera saber quién lo puso allí y para qué. Venía a ser lo mismo.
Él piensa que las profecías prueban que Jesús era Dios. Que una sola profecía bastaba para reconocer a Jesús como enviado por Dios. Y pensaría en el Universo como prueba del poder divino. Es lo que yo vi como evidencia fehaciente de que Dios existe.
Francisco Tomás Ortuño
Doctor por la Universidad de Murcia
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