Fumarolas : 30 marzo 2015, Lunes Santo
A mi amiga de siempre Angelina Jiménez
Fragmento
Hará dos años que fue la noche de Angelina, en las Claras. Amigos jumillanos fuimos a celebrarlo con ella.
-¿Qué celebraba y quién es esta Señora?
-Te cuento: En Jumilla hubo una Academia o Centro de Estudios bastantes años, por la que pasaron, creo, todos los jumillanos que estudiaron algo.
-¿Y quién dirigía esta Academia o Centro cultural?
-Tenía nombre propio: Don José Yagüe: Mecanografía, caligrafía, taquigrafía, magisterio, bachillerato, derecho mercantil… Que querías preparar Oposiciones a lo que fuera, allí tenías la solución: “Trae los libros, querido, y a estudiar desde mañana mismo”. De bachillerato tenía más alumnos que el Colegio de “San Francisco”, con profesores licenciados y catedráticos en todas las materias.
Era a mitad de siglo, cuando Franco ganó la guerra y la represión y el miedo eran el denominador común en todas las actividades de la sociedad. La memoria y el palo eran los métodos en la enseñanza: “Es buen Maestro, pega mucho”. Lo de pegar era un eufemismo de castigar sin miedo. “Este es mi hijo, señor Maestro”, me dijo a mí el padre de un niño cuando entré en la Escuela; “por lo más pequeño, dele un “lapo” que lo tire al suelo, que yo le daré más fuerte cuando llegue a casa”. Era lo que se llevaba. El Maestro no tenía miedo a pegar al niño. Este en cambio temblaba cuando no contestaba como un papagayo a las preguntas del profesor.
Don Máximo, sacerdote de sotana y profesor de latín, ponía a los alumnos en corro y en el centro al alumno que preguntaba. “¡Quítate las gafas primero!”, le decía. “Y tú, disponte a darle una torta si no contesta”. Comprenderás el estado de ánimo del alumno preguntado.
Bueno, pues don José Yagüe dejaba en mantillas a don Máximo a la hora de hacer justicia. “Don José, debajo de la escalera hay uno muerto”. Era un niño al que había puesto de rodillas hacía dos horas, se había desmayado y caído escaleras abajo.
Así don José cobró fama y no había padre que no quisiera llevar a su hijo con él. “¿A dónde va tu hijo?”. “Con don José Yagüe”. En los pocos años que fui Maestro –Rillo, Elche de la Sierra, Jumilla- en la década de los cincuenta, la moda era pegar: “La letra con sangre entra”, “Quien más te quiera te hará llorar”. Se pegaba por todo y por nada, en la escuela, en la casa, en la calle, en todas partes con absoluta impunidad. No había miedo a pegar; más bien lo tildaban a uno de blando, débil y mal maestro si no aplicaba el palo o castigos duros en la escuela.
En una ocasión dejé castigado a un niño por no saberse la lección. Se me olvidó ir a abrirle por la noche, y al día siguiente, temprano, fue a disculparse el padre a mi casa por haberle abierto la puerta a media noche “Le dije que corriera el pestillo, usted perdone”.
-¿Pero no ibas a hablar de Angelina?
-Angelina era una joven más que estudiaba Magisterio con don José. De familia humilde como tantas de su tiempo. Su padre, Marcial, era aperador. Tenía su oficio en la calle de Lerma. Nosotros los niños jugábamos cerca y hasta hablábamos con él.
Arreglaba ruedas de carros y utensilios de labranza. Luego supe que aperador venía de aperar o componer carros, galeras y aparejos para el campo. Desapareció como tantos oficios que se dedicaban a lo mismo, como talabarteros o guarnicioneros.
Angelina se hizo Maestra. Como le gustaba hacer versos, escribió poesías, que iban alegrando su espíritu. En su jubilación pensó recogerlas en un libro. Y a eso fuimos anoche, a celebrar el parto de su libro de poemas. Enhorabuena, Angelina.
Francisco Tomás Ortuño
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