Fumarolas : 9 abril 2015, jueves, San Calixto
Murcia, las doce mañaneras, en mi apriscadero.
-¿Qué has dicho? Nunca te oí decir palabrotas.
-Apriscadero no es ninguna palabrota; es un sinónimo de aprisco.
-¿Y a qué llamas aprisco en la casa?
-Tú sabes que aprisco es el lugar donde se recoge el ganado. Y aquí, que no hay ganado, no puede haber aprisco; pero hay algo semejante, que el lenguaje da mucho juego, y yo le llamo aprisco a mi camarín o petit bureau.
-Acabemos, ahora sí te entiendo.
-En Rillo, donde pasé dos años de maestro, la casa no tenía baño; carecía de excusado, aseo, servicio o como quieras llamarlo. Si la urgencia era a media noche, como si era a mediodía, había que salir a la calle, cruzar una carretera y entrar en un aprisco lleno de ovejas.
Menos mal que no eran toros. Si los animales se pensaban que era la hora de salir al monte, unas despertaban a las otras y empezaban a balar. No quiieras saber la que armaban. A mí me ocurrió veces de salir como había entrado. Las ovejas dirían luego: “¡Falsa alarma, a dormir de nuevo!” Y se aquietarían otra vez.
-¿Y no tenían retrete las casas de aquel pueblo?
-Tenían “parideras” que era donde guardaban los pastores su ganado por la noche. Eran los años cincuenta y cuatro y cincuenta y cinco del pasado siglo.
-¡Cómo ha cambiado todo a partir de esa fecha! Empezó a gestarse la vida nueva que tenemos hoy, que las cosas no aparecen de la noche a la mañana por generación espontánea. Todo tiene un comienzo, un proceso y un fin. Lo que vemos que aparece como nuevo, tuvo su vida embrionaria, su crecimiento, hasta aflorar en el mundo. No surgió de golpe. Fue como un parto: nace un niño, pero antes ocurrieron muchas cosas. Que se lo digan a las mujeres, que de eso saben mucho. Cuando sienten que algo surge o se mueve en su barriga, saben que a los pocos meses va a dar la cara.
En aquellos años que yo estuve en Rillo y que hice mi Servicio Militar en el Campamento “Carraclaca” de Lorca, la vida se removía como despertando tras un sueño largo. Era algo insólito, que no se había dado antes. Miles de años durmiendo para, de pronto, emerger como la primavera del invierno. ¡Qué cambios!
-Vale, vale, que te veo venir, Humberto. Se inventaron cosas nuevas y punto.
-El punto fue seguido y no aparte; o suspensivos, si te gusta más.
-Es que los hombres pensarían más y mejor que antes.
-No fueron los hombres, Saturio, fueron las cosas, que tenían que venir al mundo y llegó la hora de que vinieran. Nadie puede atribuirse la paternidad.
Francisco Tomás Ortuño. Murcia
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