Fumarolas: 11 febrero 2015
Había puesto doce en la fecha, pero he rectificado.
-Mamá, ¿a cuántos estamos hoy? –le he preguntado.
-A once, Nuestra Señora de Lourdes –me ha respondido.
He recordado un viaje que hicimos a la Cueva donde se apareció la Virgen a Bernadette en 1.858. De su Crónica que hice, copio algunos párrafos:
-Fuimos cuarenta viajeros. Como era de noche, poco pudimos ver hasta la madrugada del sábado, que amanecimos por tierras vascas.
El hotel nos recibió a las mismas once. El guía se las entendió con el Señor de las llaves. ¡Qué ilusión para los amantes del idioma galo ver letreros en francés: chambre, étage, ascenseur…!
Lourdes es un pueblecito que vive del turismo. La gente, extranjeros sobre todo, visita la gruta donde se apareció la Señora, y alrededor de este evento se ha montado un gran negocio: “Aquí vivió la Santa”, “Aquí fue bautizada”, “Aquí venía con sus ovejitas”. Toda su vida contada con mimo. ¡Cómo miran por mantener viva la memoria de Bernadette!
Es, por otra parte, limpio el pueblo, amable, silencioso, simpático, con calles estrechas y empinadas. Un grupito de calles alrededor de la Basílica, de torres puntiagudas, que centra la atención y la vida del pueblo.
A la vuelta al hotel, desde la gruta, es obligado el paso por estas calles con tiendas cargadas de souvenires, como rosarios, cruces, imágenes, relojes…
Fueron solo unas horas las que estuvimos en Lourdes. De la noche del viernes a la madrugada del lunes, cincuenta horas, de las cuales treinta fueron de viaje, ocho de Hotel y doce de Lourdes en sentido estricto.
Como dijo alguien del grupo: “¡Cuánto se puede hacer en un día si se aprovecha el tiempo”. “Ah”, pensé yo, “ahí está el quid de la cuestión”. Los jóvenes, sobre todo, deberían reparar más en esa gran verdad, en esa filosófica cuestión, vital y trascendente de la vida: El tiempo es oro; se nos va de las manos si no aprovechamos bien cada uno de sus minutos.
La procesión de las antorchas por la noche, en la basílica, es de lo más impresionante que se pueda ver. Un río clamoroso de voces con la misma devoción mariana. Miles de peregrinos suplicando curaciones a la Virgen. Devoción a raudales tocando las paredes húmedas de la roca. Rezo del Rosario en varias lenguas.
La vuelta la hicimos por el Pirineo aragonés. Alejandro, niño de unos diez años, me dijo cenando la noche anterior: “¿Tocaremos la nieve?”. Y yo le prometí que sí, que pararíamos para tocarla allá donde estuviera. ¡Qué ilusión le hacía la nieve a mi joven amigo!
El río Garona nos acompañaba por la izquierda. Los túneles recordaban a los de Génova, en los Alpes, camino de Roma. Por Lleida fuimos a Tarragona. De Tarragona, por la autopista del Mediterráneo, bajamos hacia Murcia. Pasada la media noche, felices y contentos, nos recibió la Virgen de la Fuensanta.
Francisco Tomás Ortuño
Doctor por la Universidad de Murcia
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