Fumarolas : 15 febrero 2015
Fragmento
¿Pensaría Unamuno que sus cartas se recogerían más tarde en un libro? Cuando escribía a un amigo, ¿pensaría que esa carta luego la leerían los demás? Yo creo que no. Las cartas son algo familiar, sin cuidados gramaticales ni literarios, sin protocolos. Como un saludo o desahogo ocasional.
Quizás por eso, esas notas que escribimos –hoy pocas con el móvil- rápidas y espontáneas, expresan más que otros escritos, nuestro modo de ser íntimo y real. Son como visitas a un amigo, que encuentras en su casa “de trapillo”.
Si son así esas cartas, ¿qué será entonces una colección de cientos de cartas? El mejor retrato psicológico de una persona que pueda darse. Cientos de momentos cogidos así, sin anunciar visita. Pues así tengo yo a don Miguel en un bello libro: “Cartas escritas de 1894 a 1936”.
Cartas a Eduardo Marquina, a Benito Pérez Galdós, a Rubén Darío, a Menéndez Pidal y a tantos otros. ¿Cómo podía pensar don Miguel de Unamuno que yo leyera ahora la carta que escribió a Vicente Medina el 30 de enero de 1899? Cerca de quinientas cartas en total.
“Mira al porvenir, prepárate a la vida sin dejar de pensar en que tus dos hijos perdidos te esperan, pide fuerzas a Dios y no te desanimes”, escribe a su amigo Mario Sagurday, tras la muerte de un hijo, el 29 de mayo de 1887.
Harto preocupado cuando yo nací, en 1933, en la Segunda República que acabó dos años antes con el reinado de Alfonso XIII: “Mi estado de ánimo me impide salir de España, y menos mal que no me impida salir de Salamanca, desde donde te escribo”, dice a José Castillejo el 25 de junio del 33.
En diciembre del 36, ya comenzado el Alzamiento Nacional, escribe Unamuno a un amigo: “La represión de retaguardia corre a cargo de un monstruo de perversidad que es el General Mola, el que sin necesidad alguna hizo bombardear nuestro pueblo”.
“También fusilan sin juicio alguno y esto es cosa cierta porque yo lo he visto y no me lo han contado. Han asesinado sin formación de causa a dos Catedráticos de Universidad, uno de ellos discípulo mío. A mí no me han asesinado todavía”.
Murió el 31 de diciembre de 1936.
Francisco Tomás Ortuño, Murcia
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