jueves, 8 de enero de 2015

Saber que nos esperan.

Fumarolas:  Cruzar

Fragmento

     A las doce en punto de la noche, murió el abuelo Amós. Era el año 1984. Hace ya treinta años. Yo estaba con él. De pronto, levantó su brazo derecho en un movimiento extraño y convulso y partió. ¿Querría decir algo?

     ¿Me lo dirá alguna vez? “Os oía hablar aquella noche y yo me resistía a dejaros. Cuando llegó la orden irrevocable de partir, sentí vértigo como quien se ve en lo más alto de un edificio y tiene que saltar al vacío. Me estremecí y dejé mi cuerpo solo”.

     ¿Cómo recordaremos “allí” la vida terrenal? El tiempo ya no será el mismo, porque el que tenemos lo hemos inventado para andar por casa: lo que tarda la Tierra en dar una vuelta al Sol, lo llamaremos año… y así. Pero si luego no hay Sol, ni Luna ni Estrellas y vivimos en otra dimensión atemporal, ¿cómo recordaremos este tiempo?

     Para entonces sí me gustaría tener una máquina del tiempo y ver qué habrá en ese mundo y cómo nos veremos. Para esta vida terrenal, no. Yo no quiero saber cómo ni cuándo será mi fin. Pero saber qué haremos entonces y cómo será la otra vida, cómo me gustaría.

     Cuando todo sea luz y los enigmas se desvelen, qué cambios, Señor, en nuestra mente. La misma eternidad que hoy no comprendemos, será fácil de entender. Y será entonces que la Creación se convertirá en un punto casi invisible como una estrella fugaz.

     Comparando la Creación con la Eternidad, si es que admite comparación, será algo así como los postes del telégrafo que se ven pasar desde la ventanilla del tren. Pasado y futuro confundidos en un presente sin materia.  Algo que fue y dejó de existir tan velozmente que se perdió al instante como el humo de un cigarro o la gota de agua que cayera en el mar.

     Cómo me gustaría ver a mis padres y hermanos que ya se fueron, reunidos de nuevo en otro lugar. Saber que nos esperan como se espera en la estación a los viajeros que van llegando. “Otro que llega; veamos su cara de sorpresa cuando nos vea; aquí juntos de nuevo y para siempre”.

               Francisco Tomás Ortuño. Murcia

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