jueves, 4 de diciembre de 2014

No uso el móvil.

Fumarolas: 4 diciembre 2014
A mi Buen amigo Francisco Rubio
Fragmento

      Acaba de sonar el teléfono. Era una amiga de mi mujer, que preguntaba por ella. Hoy el teléfono te comunica con todo el mundo. No puedes decir que te encuentras solo. Un hijo, un amigo, un acreedor, pueden llamarte y hablar contigo en cualquier momento. Y tú lo mismo. Con el teléfono hablas con quien quieras. Y no digamos con el móvil: hasta paseando, puedes hablar por la calle.

      Lo pensé y tal vez lo escribiera: hoy estás con alguien y puedes estar solo; y puedes estar solo y estar con alguien. Si estás acompañado y esa persona habla con el móvil con sabe Dios quién, a ver tú con quién estás. Quiero decir que esa persona que te acompaña está lejos, no sabes dónde pero no está contigo.

      Antes estabas solo o acompañado. Era fácil advertirlo con una simple mirada a tu entorno. Pero ahora no sabes si una persona está acompañada estando sola o si está sola estando acompañada. Las comunicaciones hacen el milagro de unirnos si estamos lejos y de separarnos si estamos juntos. ¿Habías reparado en que los móviles hoy han cambiado la manera de vivir?

      El otro día oí decir a Cruyff, jugador que fue del Barcelona y luego su entrenador, que él no usaba el móvil. El que lo entrevistaba puso cara de asombro. “¿Qué no usa el móvil?”. “Para nada”, le respondió. “Siempre estuve sin él y sin él sigo”. No se lo creía. Era algo tan insólito que no pasaba a creerlo. Yo que lo oí, también con asombro, me dije: “Ya somos dos”.


      Un amigo me dijo que repasando papeles viejos encontró un billete de cinco mil pesetas. Le contesté que en el Banco de España se lo cambiarían por euros. No sé si lo haga. Le conté que otro buen amigo me dijo algo parecido: que había encontrado unos billetes de las antiguas pesetas en un bolsillo de la chaqueta. Me fui con él al Banco y fui testigo de la operación o trueque.

      No le dije lo que pensaba, pero dudé que los billetes estuvieran tanto tiempo olvidados en el bolsillo de la chaqueta, como las cinco mil pesetas ahora entre papeles viejos. Era más verosímil que en el cambio de moneda, muchos las guardaran por si resucitaban.

      Si el Banco de España sabe con certeza la cantidad de pesetas que no se ha declarado, cuando llegue alguien que diga: “¿Puedo cambiar pesetas por euros?”, el empleado del Banco le dirá: “¿Dónde las encontró, en la chaqueta que olvidó en un armario o en una olla de barro de la cocina?”. Y restará a la cantidad por cambiar: “Aún quedan tres millones doscientas cincuenta mil ochocientas veinte pesetas. ¿Quién será el siguiente? 


                                   Francisco Tomás Ortuño. Murcia

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