domingo, 14 de diciembre de 2014

El usted.

Fumarolas: 13 diciembre 2014
Fragmento

Las personas tenemos un sentido muy fino, delicado, para conocer la edad. No sé si me explico: yo veo a una persona y por más que se tiña el pelo o se quite arrugas, sé que es mayor; y veo a otra y, enseguida, sé que es joven.

Con la estatura, lo mismo: algo me dice que una persona es baja, normal o alta con suma precisión. No hay que medir. Ese golpe de vista, ese sentido de la medida, nos dice: alto, normal o no da la talla. 

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¿Y el caso de papá, papa o padre? Un hijo lo llama como le dicen de pequeño que lo llame. Cuando va siendo mayor, suena mal incluso al hijo que lo pronuncia y quiere cambiarlo por un papá tímido delante de otros. “¿Qué debo decir?”, se pregunta: “¿papa, papá o padre?”. A veces opta por hacer señas o callar. Tremenda lucha por la inoportuna palabra ambivalente. Con la madre el problema se da, pero con menos virulencia.

Debía de enseñarse desde que se nace a decir lo que proceda de mayor. Evitaríamos situaciones embarazosas luego, y hasta problemas afectivos.

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Con los nombres de las personas lo mismo. De pequeños llamamos al niño Cuco y de mayor persiste. O Quico, o Dani, o Milu. 
Se debía de pensar con más seriedad en estos aspectos que  engendran dudas y equívocos. Hay que pensar que el niño forma su lenguaje en sus primeros años, o meses, o días de la vida. Esas impresiones son indelebles y decisivas en su vida posterior. 

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El usted entre personas, como digo arriba, crea barreras y distancias más sólidas de lo que parece. Cuando dos personas se hablan de usted, quiere decirse que ninguna permite acercarse a la otra a su terreno personal. 

Lo admito entre desconocidos quizás, o en los negocios. Pero no lo tolero entre los miembros de la familia o conocidos. El usted supone no querer nada con el otro. Todo lo contrario de una abierta y franca amistad entre los componentes de una comunidad.

¿Y en los Colegios, Institutos y Universidades? Un profesor no deja de ser un amigo que tiene la ciencia que debe enseñar. Eso no le autoriza a subirse en el pedestal para ser adorado por sus  alumnos. Nadie como los profesores y alumnos para llegar a un acuerdo el primer día de trato para tutearse. 

La relación entre ambos debe ser de franca amistad y confianza. No es más en ese terreno el profesor que enseña que el discípulo que aprende. Son todos personas que adquieren el compromiso, por bien de la sociedad, de dar unos lo que han adquirido antes. Ya digo, es una relación abierta, amistosa, confiada y alegre, la que debe existir en los centros de enseñanza. 
-¿Y la disciplina que se genera?
-Ese es otro problema, que nada tiene que ver. El que es Maestro lo comprende.

Francisco Tomás Ortuño. Murcia

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