Fumarolas : 17 Junio 2015, miércoles, San Jeremías.
Fragmento
Vaya trajín que se ha montado en los nuevos Ayuntamientos, Froilán. Lo que se diga es poco. Qué jaleo, qué follón. ¿Cómo van a entenderse si hasta ayer se tiraban dardos envenenados los unos a los otros? No puede ser. Y lo que no puede ser, no puede ser, por mucho empeño que pongan en lo contrario. El agua y el aceite no pueden mezclarse por su distinta densidad: uno queda arriba de la vasija y otro se va al fondo.
“Vamos a intentarlo otra vez por el bien de la ciudadanía”, dicen. Pero ven que no pueden. Y los grupos diversos, dispares, opuestos, que quieren gobernar juntos, se convencen pronto que no pueden seguir así. “Lo que uno diga, que lo respeten los demás”, propone alguien.
“Hay que subir los impuestos”, dice un partido. Y a los demás no le parece justa la medida. “Hay que permitir el aborto”, dice otro partido. “Por ahí no pasamos”, contestan los de enfrente. “Que las iglesias sean viviendas de noche para los que duermen en la calle”. “¿Cómo se te ocurre?”.
Un día, más pronto que tarde, saltan centellas y rayos en la sala de sesiones. ¿Cómo pueden gobernar juntos gatos y perros? O perros o gatos, sí, pero revueltos nunca. ¿Cómo resultó la prueba del tripartito en Cataluña?
A ciertos políticos parece no importarles lo que salga de esas mixturas o batiburrillos; con tal de quitar de en medio al contrario son capaces de cualquier cosa. Pero la razón debe imponerse si no se quiere que España salte por los aires hecha añicos.
En una democracia tienen que haber opiniones diversas, encontradas y hasta opuestas. Para eso se vota. Y la mayoría de opiniones debe ser garantía de lo mejor. Ese debe ser el criterio más justo de la gobernabilidad de un país. Esas deben de ser las reglas del juego que tengan que aceptar los ciudadanos.
Ayer, en los “Desayunos” de la Primera Cadena, decía la Ministra de Fomento Ana Pastor, con mucha lógica… Y es que hay en juego intereses que deben respetarse. No es lo mismo dar a un enfermo cualquier medicina para curarlo.
Francisco Tomás Ortuño. Murcia
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